Cuento #1. El hombre que resucito tres veces.
Cuento #2. Francisca y la muerte.
EL HOMBRE QUE RESUCITO TRES VECES
Cuento # 1.
Autor anónimo.
Dirección General de Culturas Populares de México.
Hubo un hombre en Tapotzingo que dicen fue muy malo en vida. Así fue desde que era soltero
hasta su vejez, cuando empezó a enfermarse y no tardó mucho en morir.
Cuando la gente empezaba a cambiarle su ropa para llevarlo hasta el altar, notaron que
se movía... resucitó y al ratito volvió a morirse, y de nuevo se movía y
volvió a resucitar. Llegó a resucitar 3 veces.
Entonces empezó a contar lo que había visto arriba, en el cielo. Vio a una mujer que estaba lavando ropa
sucia de excremento de zopilote. Le dijeron que esa mujer lavaba ropa los
domingos porque no cuidaba esos días, siempre trabajaba. Eso les pasa a las
mujeres que no guardan esos días, así se castiga. Vio también a un hombre que
estaba dentro de una hoguera, en medio del fuego. Le dijeron que eso es lo que
les pasa a los hombres que nunca hacen un favor, a los que nunca dan limosna en
la iglesia.
Le dijeron entonces que regresara y que les contara a sus compañeros,
que oyeran que no es bueno vivir con maldad en este mundo. Al ratito el hombre
volvió a morirse y ya no volvió a resucitar. Había resucitado nada más para
cumplir con lo que Dios le había ordenado que contara a sus compañeros.
Por fin se murió... le pusieron su ropa y lo colocaron en su caja, lo velaron
durante la noche entera hasta que al día siguiente lo fueron a enterrar.
FRANCISCA Y LA MUERTE
Cuento # 2.
Cuento Cubano.
Dirección General de Culturas Populares de México.
- Santos y buenos días- dijo la muerte, y ninguno de los presentes la pudo
reconocer. ¡Claro!, Venía la parca con su trenza retorcida bajo el sombrero y
su mano amarilla en el bolsillo.
- Si no molesto -dijo-, quisiera saber dónde vive la señora Francisca.
- Pues mire- le respondieron, y asomándose a la puerta, un hombre señaló con su
dedo rudo de labrador:
- Allá por los matorrales que bate el viento ¿ve? Hay un camino que sube la
colina. Arriba hallará la casa.
- "Cumplida está", pensó la muerte, y dando las gracias echó a andar por el camino
aquella mañana que, precisamente, había pocas nubes en el cielo y todo el azul
resplandecía de luz.
Andando pues, miró la muerte la hora y vio que eran las siete de la mañana. Para la
una y cuarto, pasado el meridiano, estaba en su lista cumplida ya la señora
Francisca.
- "Menos mal, poco trabajo; un solo caso", se dijo satisfecha de no fatigarse la
muerte y siguió su paso, metiéndose ahora por el camino apretado de romerillo
y rocío.
Efectivamente,
era el mes de mayo y con los aguaceros caídos no hubo semilla silvestre ni
brote que se quedara bajo tierra sin salir al sol. Los retoños de las ceibas
eran pura caoba transparente. El tronco del guayabo soltaba, a espacios, la
corteza, dejando ver la carne limpia de la madera. Los cañaverales no tenían
una sola hoja amarilla. Verde era todo, desde el suelo al aire y un olor a vida
subiendo de las flores.
Natural que la muerte se tapara la nariz. Lógico también que ni siquiera mirara tanta
rama llena de nidos, ni tanta abeja con su flor. Pero, ¿qué hacerse? ; estaba
la muerte de paso por aquí, sin ser su reino.
Así pues echo y echo a andar la muerte por los caminos hasta llegar a casa de Francisca.
- Por favor, con Panchita -dijo adulona la muerte.
- Abuela salió temprano -contestó una nieta de oro, un poco temerosa aunque la parca
seguía con su trenza bajo el sombrero y la mano en el bolsillo.
- ¿Y a qué hora regresa? -preguntó.
- ¡Quién lo sabe! -dijo la madre de la niña-. Depende de los quehaceres por el campo,
anda trabajando.
Y la muerte se mordió el labio. No era para menos seguir dando rueda, por tanto
mundo bonito y ajeno.
- Hace mucho sol. ¿Puedo esperarla aquí?
- Aquí quien viene tiene su casa. Pero puede que ella no regrese hasta el anochecer.
"¡Chin!", Pensó la muerte, "se me irá el tren de las cinco. NO; mejor voy a
buscarla". Y levantando su voz, dijo la muerte:
- ¿Dónde, me dijo, pudiera encontrarla ahora?
- De madrugada salió a ordeñar. Seguramente estará en el maíz sembrando.
-¿Y dónde está el maizal? –preguntó la muerte.
- Siga la cerca y luego verá el campo arado detrás.
- Gracias- dijo secamente la muerte y echó a andar de nuevo.
Pero miró todo el extenso campo arado y no había un alma en él. Soltóse la trenza
la muerte y rabió:
- "¡Vieja andariega, dónde te habrás metido!" Escupió y continuó su sendero sin
tino. Una hora después de tener la trenza ardida bajo el sombrero y la nariz
repugnada de tanto olor a hierba nueva, la muerte se topó con un caminante:
-Señor, ¿Pudiera usted decirme dónde está Francisca por estos caminos?
- Tiene suerte -dijo el caminante-, media hora lleva en casa de los Noriega. Está el niño
enfermo y ella fue a sobarle el vientre.
- Gracias- dijo la muerte como un disparo, y apretó el paso.
Duro y fatigoso era el camino. Además, ahora tenía que hacerlo sobre un nuevo
terreno arado, sin trillo, y ya se sabe cómo es de incómodo sentar el pie
sobre el suelo irregular y tan esponjoso de frescura, que se pierde la mitad del
esfuerzo. Así, por tanto, llegó la muerte hecha una lástima a casa de los
Noriega.
- Con Francisca, a ver si me hace el favor.
- Ya se marchó.
- ¡Pero, cómo! ¿Así, tan de pronto?
-¿Por qué tan de pronto? -le respondieron-. Sólo vino a ayudarnos con el niño y ya
lo hizo. ¿De qué extrañarse?
-Bueno... verá -dijo la muerte turbada-, es que siempre una hace la sobremesa en todo,
digo yo.
- Entonces usted no conoce a Francisca.
- Tengo sus señas -dijo burocrática la impía.
- A ver; dígalas -esperó la madre. y la muerte dijo:
- Pues... con arrugas; desde luego ya son sesenta años.
- ¿Y qué más?
- Verá... el pelo blanco... casi ningún diente propio... la nariz, digamos...
- ¿Digamos qué?
- Filosa.
- ¿Eso es todo?
- Bueno... además de nombre y dos apellidos.
- Pero usted no ha hablado de sus ojos.
- Bien; nublados... sí, nublados han de ser... ahumados por los años.
- No, no la conoce -dijo la mujer-. Todo lo dicho está bien, pero no los ojos. Tiene
menos tiempo en la mirada. Esa, a quien usted busca, no es Francisca.
Y salió la muerte otra vez al camino. Iba ahora indignada sin preocuparse mucho
por la mano y la trenza, que medio se le asomaba bajo el ala del sombrero.
- Anduvo y anduvo. En casa de los González le dijeron que Francisca estaba a un tiro de
ojo de allí, cortando pastura para la vaca de los nietos. Mas sólo vio la
muerte la pastura recién cortada y nada de Francisca, ni siquiera la huella
menuda de su paso.
Entonces la muerte, quien ya tenía los pies hinchados dentro de los botines enlodados, y
la camisa negra, más que sudada, sacó su reloj y consultó la hora:
- "¡Dios! ¡Las cuatro y media! ¡Imposible! ¡Se me va el tren!" Y echó la muerte
de regreso, maldiciendo.
Mientras,a dos kilómetros de allí, Francisca escardaba de malas hierbas el jardincito
de la escuela. Un viejo conocido pasó a caballo y, sonriéndole, le echó a su
manera el saludo cariñoso:
- Francisca, ¿cuándo te vas a morir? -
Ella se incorporó asomando medio cuerpo sobre las rosas y le devolvió el saludo alegre:
- Nunca -dijo-, siempre hay algo que hacer.
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